“¡Que te quedas sin postre!”, “¿A que te pongo de cena pescado?”, “Como sigas así hoy no hay galletas”, “¡Mira que te dejo sin cenar!”... Privar a un niño de comida, restringirle algunos alimentos u obligarle a tomar otros no es una estrategia válida para corregir comportamientos. Te explicamos por qué.

Hay una regla básica en la pedagogía: la comida no puede utilizarse como castigo ni como recompensa. Los hábitos alimenticios deben ser sagrados dentro de la rutina infantil, y han de estar fuera de toda negociación, valoración o consecuencia de otras acciones.

Castigar o premiar con comida puede hacer que el niño cree asociaciones perniciosas con la alimentación.

Y es que, la relación entre nuestras emociones y los alimentos comienza desde la más tierna infancia. La comida sirve para fortalecer y nutrir, y si la cargamos con emociones negativas pierde su principal papel, deja de ser algo natural y puede llegar a angustiar al niño . Así que, antes de usar la comida como arma arrojadiza prueba a poner en práctica estos consejos:

• Háblale a menudo de las ventajas de comer bien (para crecer alto y fuerte, no ponerse malo...) Tu hijo debe crecer pensando que su cuerpo es tan importante que debe cuidarlo con una alimentación saludable; así dejará de ver el comer sano como una obligación y empezará a considerarlo como una rutina normal. • Felicítale siempre por lo que ha comido, aunque haya sido menos de lo que tú querrías. • También da resultado implicarle en la cocina (que ayude a hacer la compra), prepararle platos con presentaciones variadas y atractivas y no obligarle a “comérselo todo”.

En resumen, el camino más corto y efectivo es motivar y reforzar la conducta que deseas que se repita, alabando los actos deseables antes que sancionando las conductas inadecuadas. Y, desde luego, dejando la alimentación aparte de toda sanción.