Portear no es más que llevar al bebé en brazos bien atado con un pañuelo, una mochila portabebés o un fular. Algo que se lleva haciendo desde los albores de la humanidad y que ahora se ha vuelto a poner de moda. ¿El carrito es historia?

Durante los primeros meses de vida, los bebés son muy dependientes, necesitan protección constante, alguien que les enseñe a hacer cosas y un vínculo fundamentalmente materno con el que sentirse seguros. Por eso cargar a los niños encima es algo natural, un gesto normal de protección del progenitor sobre su cría. 

El contacto es una de las ventajas principales del porteo. Estar piel con piel intensifica las relaciones entre el niño y la madre y mitiga los efectos provocados por la frustración de no poder entenderse, además de ser un instinto básico en la relación de ambos: la madre necesita dar cariño y afecto en la misma medida que el bebé necesita recibirlo. Además, favorece la sincronización entre los dos, especialmente a nivel cardiorrespiratorio y térmico, y estimula en la madre, que se siente más segura con su hijo en brazos, las hormonas encargadas de la producción de leche materna. 

El bebé, que está empezando a salir al mundo y ha de acostumbrarse a un sinfín de nuevos estímulos, puede estresarse con esta situación. Estar en brazos de su madre rebaja el impacto del exterior y hace más llevadero el trauma del cambio de vida útero-exterior. Descansará mejor por encontrarse en un entorno seguro y cálido, rodeado del ritmo de los latidos de su madre y bajo su atenta mirada protectora. Por otro lado, el porteo mejora la digestión del bebé debido a la postura erguida y al suave balanceo que acarrea, que facilita la expulsión de gases. Otra de sus ventajas es que permite a la madre hacer cosas mientras carga con el bebé: si tiene otro hijo mayor puede atenderle con su bebé en brazos y paliar los efectos del síndrome del príncipe destronado en el primogénito. 

 

¿Cómo hacer un porteo seguro?

Todas las ventajas que acumula el porteo frente al carrito pueden, sin embargo, verse mermadas por un uso incorrecto de la mochila usada para ello. El bebé tiene que ir erguido y sentado sobre el trasero, con las piernas flexionadas en “posición ranita” y no cargando el peso sobre los genitales, lo que a la larga puede provocar displasias de cadera. Además, su cara ha de estar enfrentada a la parte superior del pecho de la madre: así se mantiene el contacto visual, se evita que el bebé tenga problemas para respirar y se favorece la postura fetal que resulta ideal para el porteo. 

Los principales métodos son la bandolera, el fular y la mochila ergonómica: 
•    La bandolera consiste en una tela larga con dos anillas en un extremo en las que se enlazan los nudos. Sirve desde el nacimiento hasta el final del porteo y permite una gran maniobrabilidad por poder adaptarse a la postura de mamar y por facilitar el sube y baja del crío. 
•    El fular es una tela larga que se va anudando sobre el cuerpo de la madre con el bebé ya en brazos. Se adapta a todos los momentos del porteo y a prácticamente todas las situaciones, es bastante seguro y cómodo pero muy difícil de anudar. Tiene una versión elástica que ofrece las mismas características pero que da de sí, lo que permite sacar o meter al bebé libremente y sin deshacer el anudado, pero también limita su uso a los más o menos 10 kg del bebé. 
•    La mochila ergonómica es mejor para fases más avanzadas del porteo (a partir de los 6 o 7 meses) ya que tiene el cuerpo preformado. Se abrocha mediante cierres, correas y cremalleras y es bastante seguro. Es importante que se respete la forma de C en el modo de arqueo de la espalda del bebé. Muy semejante a la mochila es el mei-tai, un portabebés de origen chino en el que de la banda central de la cadera salen cuatro bandas que se anudan a la espalda y sobre los hombros.