Es probable que en verano los niños no tengan apetito y coman menos de lo habitual. El calor nos afecta a todos y perdemos las ganas de comer. En realidad, nuestro organismo gasta menos energía para mantener la temperatura corporal que en invierno cuando hace frío, y necesita consumir menos calorías a través de la alimentación.

Hay que respetar a los niños y bebés si quieren comer menos, sin forzarlos, pero procurando siempre que su alimentación sea variada y equilibrada. Si tienen poca hambre es mejor que no coman alimentos muy ricos en calorías y pobres en nutrientes: bollería, pastelería, refrescos azucarados, patatas chips, helados, embutidos…

Evita comidas copiosas y cocciones fuertes, como el horno, que calienta a alta temperatura y transmite mucho calor a los alimentos. Los canelones y la lasaña gratinados son para el invierno, busca platos refrescantes para la época de calor.

A la mayoría les apetece más beber que comer. Los zumos de fruta y los batidos de fruta con leche se preparan en un momento y resultan refrescantes y apetecibles para toda la familia. Mezcla el yogur con fruta de temporada en trocitos y sustituye el puré de verduras por una crema de puerro y manzana, mitad agua y mitad leche, fresquita tipo vichyssoise.

Aunque todos nos relajamos un poco en verano y somos más flexibles con los horarios, procura que los niños coman a la hora que están acostumbrados a hacerlo y respeta también su horario de siesta y de acostarse por la noche. Si además del calor no duermen las horas que necesitan, todavía será más difícil que los niños coman bien durante el día.