Desayunar antes de las 8, almorzar a las 12, la merienda de las 16, cenar antes de las 20 horas... ¿Te has planteado alguna vez por qué los niños tienen unos horarios de comida tan diferentes a los nuestros? Porque se dejan llevar por sus biorritmos y comen a la hora que marca su reloj interno.

En la sociedad actual los horarios de alimentación se han visto alterados por las necesidades productivas del entorno. Es decir, hemos adaptado cuándo desayunamos, comemos y cenamos al horario laboral.

Por fortuna, mientras los niños son pequeños no están sometidos a esta tiranía: durante la lactancia, la alimentación es a demanda del pequeño y, cuando a partir de los 6 meses se empieza a incluir la alimentación complementaria, los propios niños nos marcan unos horarios diferentes a los de los adultos.

Hay que escuchar estas necesidades y no tratar de cambiarlas porque sus horarios son mucho más respetuosos con los biorritmos que los nuestros.

Desayuno: Es temprano, incluso antes de las 8 de la mañana, sobre todo si los niños se han acostado a la hora que les corresponde –hay que tener en cuenta que, a partir de los 9 meses, un niño necesita 14 horas de sueño incluyendo dos siestas, y que por la noche, hasta casi la adolescencia, deben dormir 11 horas.

A media mañana: Sobre las 10 los pequeños ya suelen tener hambre. Es un buen momento para darle fruta si ya puede tomarla.

Almuerzo: No más tarde de las 12 y media. Así se dormirá una buena siesta después y esta no interferirá con el sueño de la noche.

Merienda: No puede ser más tarde de las 16 horas, pues aún con siesta, el estómago del niño no debe pasar demasiadas horas sin alimento.

Cena: Entre las 19 y las 20 horas el niño necesita tomar algo para hacer la digestión antes de meterse en la cama.

Así que, como ves, la clave está en coordinar sueño y alimentación de forma que cuando el niño coma sea cuando realmente su cuerpo se lo demanda.