El rechazo de los pequeños a alimentos como la carne suele deberse a su textura, que hace que les cueste mucho masticarla. ¿Resultado? Acaban “haciendo bola” y convirtiendo en eterna la hora de la comida. Ármate de paciencia y recuerda que masticar es una necesidad llena de sanos beneficios, pero siempre que no se extienda innecesariamente.

El acto de masticar ayuda a triturar los alimentos para poder ingerirlos, digerirlos y asimilarlos mejor. Además, estimula la producción de saliva, que protege los tejidos de la boca frente a los microorganismos, previene las caries y envuelve los alimentos con el fin de suavizarlos y que no dañen las paredes del estómago.

Sin embargo, hay ocasiones en las que este gesto se eterniza y el niño acaba “haciendo bola” con la comida. Si es el caso de tu hijo, lo más importante es que respetes su ritmo: puede que sea más lento porque le cuesta aceptar determinar ciertas texturas. Puede, incluso, que sea una mera cuestión fisiológica y que aún no tenga totalmente desarrollada su musculatura facial. Si es así, es lógico que le cueste mucho triturar determinados alimentos y que no los quiera. No desesperes y sigue los siguientes consejos:

• Si ya ha hecho la bola, no le obligues a tragársela. Deja que la eche y anímale a seguir comiendo.

• Enséñale a cargar poco, masticar bien y tragar antes de continuar.

• Corta los alimentos en trocitos y no le pongas demasiado. Es más importante que se acostumbre primero a su textura que la cantidad que tome.

• Haz que beba durante las comidas, ya que el líquido ayuda a ensalivar y a tragar mejor.