Chocolate, chucherías, bollos, galletas... ejercen un potente imán en los pequeños de la casa. Pero son alimentos altos en azúcar y bajos en fibra, vitaminas y minerales. Como padres debemos evitar que formen parte de su menú diario. No los necesitan para crecer sanos y fuertes. Aunque no se los prohíbas del todo, sí puedes intentar controlar la cantidad que ingieren.

Comer entre horas es un hábito que se adquiere entre los 2 y los 3 años. En muchas ocasiones, ese picoteo supone la ingesta indiscriminada de golosinas, caramelos y otros dulces. Y aunque a partir del año los niños pueden tomar azúcar, han de hacerlo de forma moderada. Las chuches suponen un doble perjuicio: evitan el buen provecho de la comida principal y tienen poco valor nutritivo. Por no hablar de su efecto negativo sobre la salud dental (a esa edad la limpieza bucal no es la más adecuada ni se realiza con la asiduidad deseable). Algunos trucos para conseguir moderar su consumo son:

• No aspires a eliminar los dulces de su dieta, sino a controlarlos. Si se los prohíbes es muy posible que tu hijo los desee aún más. • No los utilices como premio o castigo. • Explícale que no deben ser la base de su alimentación, porque no le aportan los nutrientes que su cuerpo necesita. Ofréceles raciones pequeñas y deja claras las reglas: no se pueden tomar de manera habitual, sino de forma excepcional. • Hay que crear en los pequeños unos hábitos alimentarios sanos, así que procura no añadir ni sal ni azúcar a los alimentos para que se acostumbren a su sabor natural. • De vez en cuando puede tomarlos pero después de su postre o merienda habitual y siempre como un pequeño capricho. • No los dejes a su alcance, ni guardes grandes cantidades de dulces y chuches en casa. Evita la tentación. • Predica con el ejemplo, es decir, no comas muchos dulces delante del niño.