Con una piel más fina, con menor capacidad de autohidratación y protección, los bebés deben recibir un cuidado especial de este órgano para evitar lesiones, irritaciones o sarpullidos.

La piel del bebé es delgada, con solo un 20% del grosor de la de una persona adulta, lo que la hace más vulnerable de pérdida de agua, infecciones o irritaciones. Además tiene unas glándulas sebáceas menos activas, lo que se traduce en una menor producción de sebo (o lípidos), protector de la piel.  Esto hace de la piel de los bebés un órgano especialmente sensible que aún no ha desarrollado los mecanismos de defensa que tenemos los adultos. 

Baño

El baño debe ser lo más suave posible para la piel del bebé. Sólo con agua tibia inicialmente y luego incorporando poco a poco jabones infantiles con pH neutro, sin perfumes ni colorantes o con la cantidad mínima de estos para que se respeten los aceites naturales de la piel.

Además, después del baño hay que hidratar la piel para evitar irritaciones, picores y favorecer la función de barrera protectora. No conviene usar perfumes o colonias para evitar posibles irritaciones, pero si se quieren usar, mejor aplicados sobre la ropa que sobra la piel o el pelo.

Ropa

Las fibras artificiales o la lana pueden resultar irritantes en la piel del bebé. Lo más seguro es usar tejidos de algodón que permitan a la piel del pequeño respirar y no supongan una agresión.

Sol

Los rayos ultravioleta solares son especialmente dañinos en la aún frágil piel de los bebés. Su pigmentación es menor y no cuentan con los mecanismos de autoprotección de los adultos, por lo que en sus primeros seis meses, los pequeños no deben ser expuestos al sol de forma directa. Después, cuando su nivel de actividad hace que estén más expuestos al sol, conviene usar ropa ligera de algodón, gorros y gafas de sol. Aunque los filtros físicos (ropa o sombrillas) son los más recomendables, también hay que usar fotoprotector a partir de 30 siempre que vayan a estar al aire libre.