La insuficiencia o enfermedad renal crónica es una enfermedad que se caracteriza por la pérdida de la funcionalidad del riñón de manera progresiva e irreversible, es decir, que los riñones van dejando de funcionar lentamente hasta que, al final, dejan de ser útiles para el organismo.

Este tipo de alteraciones representan un grave riesgo para la salud ya que los riñones son órganos vitales, que no sólo eliminan líquidos y sustancias de desecho, sino que tienen otras funciones que mantienen un equilibrio en el organismo.

Entre sus principales funciones destacan:

  • Mantener en equilibrio el contenido de agua del organismo.
  • Eliminar los residuos de la sangre procedentes de las células del organismo y de los alimentos que comemos.
  • Ayudar a mantener las sustancias químicas del organismo en equilibrio.

Además de actuar como filtro, en los riñones también tiene lugar la síntesis de diferentes hormonas y compuestos que regulan: el control de la tensión arterial a través de la regulación del sistema renina-angiotensina, la síntesis de la vitamina D, la formación de hematíes (glóbulos rojos) mediante la creación de la eritropoyetina.

Cuando por alguna razón la función renal se altera y los riñones empiezan a no funcionar correctamente, tienen lugar diferentes alteraciones como son un aumento anómalo de la tensión arterial, la aparición de anemia por deficiencia de hierro o una incorrecta mineralización y mantenimiento de la masa ósea.

Además, es frecuente la falta de apetito y la aparición de cierto grado de desnutrición, especialmente en el caso de los niños.

Por todas estas razones, es recomendable consultar con un profesional sanitario que ayude a equilibrar la dieta y a evitar posibles carencias nutricionales.

En general, las principales características que debe seguir la alimentación de una persona con insuficiencia renal crónica son:

  1. Controlar de la ingesta de proteínas, para reducir la carga renal que comporta su metabolismo.
  2. Aumentar el consumo de grasas poliinsaturadas y monoinsaturadas, y reducir el aporte de grasas saturadas, debido a la mayor predisposición a enfermedades cardiovasculares.
  3. Aumentar la ingesta de hierro, vitamina D y calcio.
  4. Controlar el consumo de potasio y de fósforo.
  5. Regular la ingesta de líquidos, dependiendo de la tensión arterial y la retención de los mismos.

Conseguirlo no siempre es fácil, y además hay que tener en cuenta que la alimentación debe seguir siendo lo más variada y equilibrada posible, por lo que insistimos en que la mejor opción es acudir a un especialista en nutrición y/o nefrología que ayude a lograrlo.